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Transcripción del video

¿Ven estos niños? Están en clase en 1932 en París, y también estos por la misma época en Birmingham, Ámsterdam y Berlín

¿Se han fijado en los edificios? Todos tienen ventanas enormes o directamente muros abatibles. Son las conocidas como escuelas al aire, también llamadas en la época escuelas antituberculosis, instituciones especialmente diseñadas para prevenir y combatir una pandemia que venía asolando muchas grandes ciudades durante el siglo XIX y principios del XX, y en las que como en París llegó a ser la causa de la muerte de la mitad de los jóvenes fallecidos en todo el siglo XIX y es que durante décadas, tras el descubrimiento del bacilo de la enfermedad por Robert Koch, lo único que se supo es que la bacteria era infecciosa, que sobrevivía en los lugares más oscuros y polvorientos y que el sol y el aire limpio y el reposo mejoraban a los pacientes. Por eso todos los grandes arquitectos y diseñadores de la época se lanzaron a diseñar hospitales con ventanas más grandes, sanatorios con enormes terrazas viviendas elevadas para huir de los gérmenes y muebles aerodinámicos donde el polvo no se pudiera esconder y así nació la arquitectura modernista. Se trata del gran ejemplo de cómo las pandemias han dibujado desde siempre la forma de nuestras ciudades. 

La tuberculosis fue la gran obsesión entre finales del siglo XIX y principios del XX porque costó mucho encontrar la causa de la enfermedad, era una de esas enfermedades desconocidas que se propagó por toda Europa desde finales del siglo XVIII y en torno a la que se construyó la teoría de la transmisión por culpa del aire sucio que había en las ciudades. La teoría predominante era la misma, la creencia medieval de que la enfermedad se propagaba por el contacto con ese aire malo, así que la única recomendación para la mayoría de casos era salir a la montaña y tratarse al aire limpio, y así fue hasta 1882 cuando Robert Koch identificó el bacilo de la enfermedad y se descubrió que era contagiosa y que era capaz de acumularse en las zonas de polvo. Entonces el foco pasó a las casas, eran las casas las que estaban enfermas. Los primeros protocolos recomendaban a los pacientes que al llegar a casa se eliminarán las alfombras, las cortinas, se encalaran las paredes, se abrieran las ventanas para eliminar toda posible acumulación de polvo y la idea central de sanación. 

Para combatir la enfermedad, los arquitectos modernos empezaron a hacer edificios blancos con grandes ventanales, con terrazas para tomar el sol, para hacer ejercicio, etc. Se tiende a olvidar que las ciudades realmente están hechas de capas y que estas capas son respuestas precisamente a epidemias, a amenazas de enfermedad de todo tipo y lo que es muy interesante es que estos arquitectos como Charles Le Corbusier, como Walter Gropius o como Richard Neutra, todos ellos hacen referencia a la tuberculosis. No es que digan es que nos gusta más así, no no, están diciéndolo la arquitectura del siglo XIX es como un viejo sofá lleno de tuberculosis o hay que levantar las casas del suelo con pilotes porque en el suelo húmedo es donde nace la enfermedad los modernistas. Querían crear ambientes curativos, limpios física y simbólicamente de enfermedades y de contaminación. El sanatorio premio del finlandés Alvar Aalto se convertiría en el gran referente de las construcciones hospitalarias con sus edificios repletos de ventanales y terrazas. Mientras Le Corbusier diseñaba la ultra moderna Villa Saboya pintada de blanco clínico, con habitaciones suspendidas con pilotes sobre la tierra para huir de los gérmenes de debajo y dentro de las casas los muebles fueron los siguientes en sufrir la reforma sanitaria. El polvo alojado en elementos decorativos era un enemigo de la higiene, los diseños minimalistas reemplazaron la madera tallada y la tapicería. Se utilizaron materiales ligeros y lavables en formas aerodinámicas, más fácil de mover para limpiar el polvo y los insectos en los escondites de la oscuridad. Pero si la tuberculosis provocó cambios sustanciales en el diseño de viviendas y edificios, la otra gran pandemia del siglo XIX, el cólera se tradujo en los grandes cambios urbanos y de planificación de las ciudades y es que como ocurría con la tuberculosis, durante siglos no se creyó en que el cólera se transmitiera sino que estaba en el aire. Cuando finalmente fue descubierto en Londres que la causa de la epidemia de cólera era un pozo infectado en el centro del Soho, llegarían una serie de reformas legislativas y de infraestructuras sanitarias que no solo tendrían lugar en Londres o en París, sino en las grandes ciudades del siglo XIX. Incluso cuando Le Corbusier, en términos de la ciudad, propone cortar el centro de París y extraerlo en una especie de operación quirúrgica, habla de este histórico París,  histórico tubérculo. Cuando Le Corbusier llega a Barcelona y también propone un plan de saneamiento y se llamaban así de saneamiento del centro de Barcelona ocurre lo mismo. O sea, él propone mantener las calles más importantes del casco histórico, limpiar las letras y eliminar todos estos estados de densidad urbana donde se transmitiera la tuberculosis. Con los años y el avance de la ciencia médica llegaron versiones más avanzadas de antibióticos y antivirales y el uso de la arquitectura para tratar las enfermedades infecciosas disminuyó.

Pero con la pandemia del covid 19, el mundo ha vuelto a sentirse tuberculoso, en cierto modo. Los hospitales no estaban pensados para soportar la enorme avalancha de enfermos ni diseñados para tratar enfermedades de tan alto contagio. A la población se le pidió que cambie de ambiente, se le ha pedido que se quede dentro en sus casas y ha trasladado la oficina al hogar, que no estaba preparado para ello. Con la llegada de la nueva normalidad y el distanciamiento social todos los espacios públicos se tuvieron que adaptar para ser preventivos e higiénicos. La arquitectura y el urbanismo volvieron a tomar el protagonismo en la lucha contra una pandemia.